BIENVENIDA

Bienvenidos a mi Blogs, y gracias por su visita
Mostrando entradas con la etiqueta Colaboradores. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Colaboradores. Mostrar todas las entradas

20 febrero 2009

EL CRISTO DEL CAMINO


NOTA

[Mi padre al hablar en su libro “Baños de la Encina. Un viaje por su historia milenaria”. Jaén, 1988., en la página 91, dice que le debe a su hermano Luis, parte de este relato y leyenda, que le contó D. Miguel Ortega Maeso, en una visita a la Virgen de la Encina para cumplir una promesa.


Como recuerdo y homenaje a mi tío Luis y a Miguelico, como cariñosamente se le llamaba en la familia, a continuación trascribo el relato completo de puño y letra de mi tío, D. Luis Muñoz-Cobo y Fresco.]


“Contaba yo ocho años, al vencer unas paratíficas que hicieron que mis padres temieran por mi vida. Entonces me enviaron a Baños de la Encina, como huésped de tía Concha, para cumplir la promesa que ellos hicieron por mi.


Estábamos en verano. Mi cuerpo restablecido con los cuidados que era posible prodigar a un hijo entre muchos. Mi alma tranquila en su inocencia y sin el tormento de la palmeta de un tal Pedro, maestro intruso, al que los chiquillos, por instinto de conservación, dábamos el tratamiento de un “don”, como los quince céntimos que cada semana le entregaba todos los lunes, si quería empezar bien la semana.


No es conocido Baños, aunque el nombre alucine, como residencia veraniega. Tampoco es martirio, como en otros pueblos del Santo Reino, pasar allí unos días del reseco estío; pues este pueblo, sin extremos rigurosos, sierra y campiña, secano y huerta, pinos y minas trigales y olivar, tiene, porque lo quiso Dios, el equilibrio de los clásico.


Así pues, obedeciendo ordenes y muy contento, con poder montar en la burra, y sin dar importancia al voto que iba a cumplir, salí de la Muy Ilustre y Mariana Villa, mediada la tarde en un día canicular. A mi lado tan intranquilo por mi impericia en cabalgar como satisfecho de poderme acompañar, caminaba Miguelico Ortega, el constante y fiel servidor de la casa en quien nuestros padres descansaban, nosotros respetábamos y todos queríamos.


Abre su estela en el mar esmeralda del mejor olivar un camino, polvo en verano y lodo en invierno, que conduce al Santuario de la Virgen de la Encina, Patrona de Baños. Este era el término de nuestra jornada.


En el camino todo era nuevo para mi. Entre lo que sabía e inventaba, el paciente Miguel satisfacía mi curiosidad aguantando la andanada de mis interminables preguntas.


A mitad del carril la Casa de Manrique, después la ermita del Cristo. Una ermita del Hijo en el camino de la Madre. ¡Que sutil intención del devoto que la eligió!


Es poco frecuente esta advocación del Crucificado, que dijo “Yo soy el Camino” y que está enraizada en el presentimiento, desde Prudencio a nuestros días, hemos tenido los españoles a creer que en el camino de María, hemos encontrado a Jesús.


Quise entrar al Cristo. Miguel no consistió que mi curiosidad, ni siquiera su devoción tomasen la delantera a lo que, en aquella ocasión, nos obligaba. Me prometió hacer estación al regreso y contarme su historia, si quedaba día para ello.
Seguimos y, al salir de un recodo, vimos recortarse entre la espesura verdinegra, la espadaña del santuario mariano.




Yo debía dar gracias a la Señora por el beneficio de mi salud y encender la vacilante luz de unos cirios, que hablasen de la fe que en Ella pusieron mis mayores. Era este uno mas entre los favores recibidos, pues en agradecimiento de alguna gracia anterior, la Virgen lucía un manto en el que brillaban el oro de las cadenas y cruces, barras y leones de la heráldica familiar del Muñoz-Cobo.




Cumplida la promesa, la santera me mostró unas bellotas de la encina donde la Virgen se apareció, que, próxima al santuario, aún tiene hasta el suelo sus ingentes ramas. Su fruto es un regalo mas de la generosidad de María, pues en cada bellota se reproduce milagrosamente su bendita imagen. Yo he visto ante ellas a alguien temblar de emoción y también he sabido que alguno con mirarlas, lloró conmovido.
Regresamos. Aun queda sol en el cielo. De nuevo ante la ermita del Cristo. Llegamos a El a través de María. La impaciencia por conocer su historia, me hace saltar de la caballería con la destreza de un jinete.



La ermita es breve como el Cristo, tosca talla de un artista innominado. Un detalle llamó, hombre ya, mi atención: los brazos clavados por las muñecas y no por las palmas de las manos. Maravillosa intuición de un artesano que se adelanta en siglos a la investigación de la crítica anatómica; el metacarpo de los crucifijos no pudo sostener la gravidez de sus cuerpos.



Ante la imagen, Miguel me contó la tradición de este Cristo, que por tierna y sentida, debió de hacer mella en mi corazón de niño. Es hermosa como toda la Reconquista a cuyos tiempos se remonta, y aunque digna de estas mas ilustrada, la Onomástica y la Toponimia acreditan el arraigo y certeza de esta devoción.

Rus Puerta, cronista del Obispado de Jaén en el siglo XVII, afirma que don Manrique Pérez de Lara, señor de Baeza, alférez mayor del Emperador Alfonso VII y gobernador de sus reinos, toma parte de la conquista de Andujar, Pedroche y Santa Eufemia y permanece en Andalucía “para que gobernase a los moros que quedasen y a los cristianos así mozárabes como a los que dejó el Emperador”.



Es probable que este don Manrique, que hace junto a su emperador victorioso las campañas por tierras andaluzas y que cruzó tantas veces con él el Puerto del Muradal o Almuradiel, fuese el primer Manrique de la poderosa casa de los Lara, que afincase cerca del entonces famoso castillo de Baños, hoy Monumento Nacional. La Casa de Manrique, magnifica casería con su olivar junto al Cristo, parece atestiguarlo. Los hijos de su hermano Nuño, don Fernando, don Gonzalo y don Álvaro, alférez mayor éste del Rey de Castilla y Condes todos de Lara, acompañan a Alfonso en la acción de las Navas. Su escenario, tan cercano a Baños, cuyo castilla árabe toman los cristianos tres días después.


Liberada así gran parte de la antigua diócesis de Iliturgi, quiso el Rey Alfonso que se extendiera or ella la devoción de la Santa Cruz del Redentor, a la que se encomendó y atribuyó su triunfo contra las huestes del sultán almohade. Y así como mandó erigir una capilla a Santa Elena en el mismo teatro de batalla, porque a la santa madre de Constantino se debió el hallazgo de la Cruz en Jerusalén, y que sigue siendo población del mismo nombre a la salida del Puerto del Muradal –hoy Despeñaperros-, así determinó Alfonso levantar pequeños santuarios, dedicados a Cristo en la Cruz, para agradecerle el favor que hasta la misma Iglesia conmemoró con el de Triunfo de la Santa Cruz.


Así se erigió entre otras, la ermita del Cristo del Camino y ordenó el Rey al que dejó por su Gobernador en el castillo de Baños que no faltase una luz ante la imagen del Redentor, siguiéndose la piadosa costumbre durante algunos años, hasta que ciertos moros que habían quedado por aquellas tierras, llevados de su odio a la Cruz, profanaron una noche la imagen del Cristo y robaron su lámpara de plata.


El sacrilegio produjo la mayor indignación entre los cristianos que repoblaron la Villa y los muzárabes, que habían conservado en secreto su fe, y, reunidos en acto de desagravio, acordaron reponer la imagen y la lámpara mas rica aún que la primitiva. También hicieron voto de alimentar sin interrupción el aceite que se quemara en la lámpara del Cristo, echando puñados de aceituna, que cogían de las bestias cargadas, todos los que pasaban delante de la ermita, conduciendo el negro fruto de las almazaras.


En el molino primitivo de la Casa de Manrique se molía aquella aceituna del Medievo, que los acemileros echaban desde el camino al interior de la ermita, y en la moderna fábrica de la misma Casa se sigue moliendo la que nuestros acarreadores y olivareros siguen echando por las ventanas de la ermita, que permanecen abiertas durante toda la recolección.


Así es como Cristo, pobreza suma, cosecha caridad en todos los corazones y aceituna en todos los olivares de Baños. Cristo-Imagen, cosechero de su propio aceite, recolecta mas del que necesita para su lámpara que sigue ardiendo, y aún regala para que luzca en la Parroquia la lamparilla ante el Cristo-Realidad, y reparte el sobrante entre los pobres, cosecheros con Él sin tener ni un olivo. Y así esta tradición hace que el amor fluya y refluya del pueblo al Cristo y del Cristo al pueblo en una santa competencia de caridad.


Han pasado muchos años desde que vi por primera vez al Cristo del Camino. Yo bien quisiera tener canas para poder peinar. Después he procurado ilustrar lo que aquel día oí y darlo a conocer, pues quiero que otros, como a mí, les deje su conocimiento el sabor de los viejo y la fragancia de lo nuevo, al saber renovada año tras año, la fineza de los bañuscos, cuyo enclave geográfico ha forjado su corazón tan castellano como andaluz, tan sencillo como generoso, tan del Cid como del Gran Capitán.


Madrid, 18 de diciembre de 1954. Luis Muñoz-Cobo."

DMC.


























11 enero 2007

CUENTO DE LA ACEITUNA

Faustino Céspedes Nieto

Desde la atalaya de mis bastantes años he visto pasar y desaparecer las costumbres y tradiciones que me traen gratos recuerdos y al recordarlas me hacen sentir nostalgias de aquellas vivencias tristemente hoy desaparecidas que ocurrían siendo yo un jovencito con no mas de 10 ó 12 años.

Esto que a continuación relato ocurría en aquella época en cualquier pueblo de nuestra provincia de Jaén, tierra olivarera por excelencia, costumbres que mi abuelo vivía diariamente y adornándolas con su gran imaginación me contaba y tal como él hizo conmigo así lo cuento yo a vosotros, a todos los niños y jóvenes que no habéis podido disfrutar de aquella época en la que se jugaba con mas imaginación y hoy se juega con la videoconsola. Lo cuento con el deseo de que ya no es posible su recuperación, al menos no caigan en el olvido porque es una parte muy importante de nuestra historia y cultura.

Pues bien hace muchos años la recolección de la aceituna no se parecía en absoluto a la que actualmente se lleva a cabo en estos días. Y es que el proceso para bien o para mal cambia las costumbres y hasta la vida de las personas, haciendo que un trabajo agradable y ameno se convierta en rutinario y tedioso.

En aquella época todas las casas con gran extensión de olivares tenían a su servicio un “Manijero”, hombre de confianza del dueño de las fincas y que se encargaba de formar una cuadrilla para echar la temporada de la recolección. Mi abuelo fue manijero de una casa grande.

Estas cuadrillas estaban formadas por el mismo Manijero que dirigía las faenas y era buen conocedor de la ubicación de todas las fincas que tenían que recolectar.

Había también un Montonero que con aquellos artefactos de madera y alambre llamados “limpias” se encargaba de de separar el “ojin” y la tierra de las aceitunas. La “limpia” en su parte alta tenía un cajón de madera llamado “tolva” donde se vaciaban aquellas espuertas grandes de esparto llamadas “medias”.

A este hombre lo acompañaba un chiquillo que era su ayudante, el cual se situaba en la parte baja de la limpia donde se colocaba el esportón para que cayera la aceituna, pero las piedras y terrones que no se colaban entre los alambres iban a parar a las manos frías y enrojecidas por tanta pedrada del zagal, que como misión tenía la de quitar de la espuerta guijarros y terrones tantos como dieran de si sus hábiles manos y de vez en cuando dirigía una mirada hacia arriba para ver cuando el montonero abría la compuerta del cajón.

Estaban los “Vareadores” o “Varas”, hombres curtidos en las faenas del campo y que eran los encargados de vapulear con sus largos garrotes al árbol para que soltara su fruto y aquel que se resistía a que se lo quitaran por ser una oliva “terrosa”, recibía tal paliza de garrotazos que al final se quedaba sin fruto y sin hojas, que era la misión de las varas.

Las mujeres formadas por grupos de 3 ó 4 se situaban en cada oliva para recoger del suelo la aceituna que las varas previamente habían tirado.

A estos grupos de mujeres los acompañaba un chiquillo que a la voz de “espuerta” corría raudo a vaciar las esportillas de esparto llenas, en la “media” que se colocaba en medio de la “camá”, espacio de tierra que separa una fila de olivas de otra, que una vez llena un muchacho “medio pollo" se encargaba de trasportarla a la limpia.

El atuendo de estas mujeres lo componía, un refajo de tela gruesa, pañuelo en la cabeza anudado al cuello y cascaravitos de bellota en los dedos para medianamente protegerlos y para poder arrancar del barro las aceitunas que habían quedado clavadas.

No quedaba suceso que hubiera acontecido en el pueblo o aquellas novelas de Matilde Conesa, Pedro Pablo Ayuso y Matilde Vilariño, como Ama Rosa," Los hijos de Nadie", "El derechos de nacer" etc., que a través de la radio hacían llorar a moco tendido a toda ama de casa, que en grupos mas numerosos de los que componían la oliva, se reunían en casa de alguna privilegiada vecina, que por aquel entonces tenía la gran suerte de poseerlos un aparato de radio, para maldecir a aquellos energúmenos que a través de las ondas les hacían llegar sus maquiavélicas acciones y para compadecer a los héroes y heroínas que pasaban las ducas hasta que se descifraba el enigma de estos sucesos, por cierto siempre favorables a los ” buenos”, capitulo que al día siguiente se comentaba y juzgaba durante la jornada de recolección.

Pues bien esto era parte de la misión de aquellas cogedoras de aceituna, otra consistía en echar el pañuelo, acto que consistía en estar vigilante de cuando llegaba el dueño para quitarse el pañuelo de la cabeza y arrojarlo a los pies para que este se diera por aludido y recogiera la prenda con lo que se comprometía a invitar al día siguiente a la cuadrilla, invitación que consistía en media arroba de vino para los hombres y algunas gaseosas de aquellas de cierre de bola, que después los chiquillos recogíamos para jugar a las “bolas” o “canicas”, estas para las mujeres y algo de embutido de la matanza para pasar el trago.
La aceituna una vez limpia era envasada en “serillos” de esparto, labor que realizaban el montonero y su ayudante.

Una vez evasada se trasportaba al molino a lomos de yuntas de mulos que conducían los muleros, para su proceso de molturación y extraerle después de machacada con enormes rulos cónicos de granito y prensas de capachos ese oro liquido que llamamos aceite y que tan buen paladar deja cuando nos comemos un “cucharro” con pan de pueblo. El mulero solía ser un personaje algo bruto, digo yo, que sería por su continuo vivir al lado de las bestias y algo se le contagiaría de estas, que juraba en arameo, cuando alguno de estos animales hacia caso omiso a su voz de mando.

Un año de aquellos, como tantos otros, llegó al pueblo para la temporada de la aceituna una familia de la provincia de Sevilla, compuesta por el matrimonio, cuatro hijos y la abuela, madre del cabeza de familia, que era la encargada de preparar comida y talega para su hijo Ramón, para Isabel, mujer de este y para sus nietos Ramón, Manuel, José e Isabelita, la mas pequeña de esta familia temporera. Ramón padre, era un hombre que pasaba de los cincuenta, persona curtida por el sol y el aire de ese campo andaluz donde se ganaba la vida y sacaba a su prole adelante yendo y viniendo de aquí para allá para recolectar lo que el campo daba en cada época.
Hombre afable, respetuoso, aficionado a leer todo libro, periódico o escrito que llegara a sus manos, aprovechando el poco tiempo que tenía libre para dedicárselo a estos menesteres, porque según él decía, la persona culta siempre es mas libre, máxima que intentaba trasmitir e inculcar a sus descendientes.

Pero su mayor afición era el cante flamenco, que lo decía a las mil maravillas a pesar de ser un simple aficionado como él gustaba de llamarse. Según él, cuando le preguntaban si le gustaba mas el cante gran o el cante chico, repondrá siempre con la misma firmeza y convicción que no había dos tipos de cante, sino cante bien interpretado y ponía como ejemplo que un fandango "cantao" con sentimiento se puede comparar con cualquier oro tipo de cante y entonces salía a relucir esa afición y ese conocimiento cuando empezaba a explicar cuantos estilos de fandangos se cantan en Huelva. Muchos, decía, y todos con su sello propio, unos hablan de amores y desamores, otros de penas o alegrías, de vivencias diarias como la caza y otros muchos dedicados a la Virgen del Rocío que hablan de Marismas y Doñana y para apoyar esta teoría se entonaba y cantaba algún fandango como aquel que hablaba de un cazador de la época que con una escopeta “mora” tenía que buscar diariamente el sustento para su prole.

Sin cédula ni licencia
Soy un cazador furtivo
Sin cédula ni licencia
La liebre que se me arranque
De un tiro la dejo muerta
Aunque esté el guarda delante
.

O aquel otro que estaba dedicado a la Virgen y decía:

Andando
Contigo Reina del Cielo
Voy por el camino andando
Y cuando llego a tu ermita
Cantándote por fandangos
Te rezo Virgen bonita.

Y hablaba del Gloria y del Carbonerillo cantaores que habían marcado una época en el cante y que hicieron grande al fandango y entonces cantaba aquel del Niño Gloria:

Hablaba con las estrellas
Un loco en su desvarío
Hablaba con las estrellas
Y susurraba Dios mío
Cómo voy a vivir sin ella
Si era mis cinco sentíos.

Mi abuelo que también se tenía por un buen aficionado al Cante gustaba de charlas con Ramón y con algún miembro mas de la cuadrilla que por la noche, después de regresar y asearse un poco, se reunían en casa del Manijero, o sea en casa de mi abuelo para cobrar el jornal, y en torno a una botella de vino y un plato de aceitunas aliñas salía a relucir amigablemente, la eterna polémica de las preferencias.

A mí donde se ponga el Niño Marchena, por fandangos, no llega nadie, decía mi abuelo, a esto otro contertulio respondía, pues para cantar fandangos, como Pepe Pinto ninguno, con esos cantes que hacen llorar a las madres como ese que dice:

Desde la cuna
A mi Mare de mi alma
La quiero desde la cuna
Por Dios no me la avasalles
Que Mare no hay mas que una
Y a ti te encontré en la calle.

Y así entre trago y trago de vino y su correspondiente aceituna de tapa cada cual expresaba su preferencia hacia uno u otro cantaor.

A esto Ramón observaba y escuchaba a cada uno de los allí reunidos y cuando todos hubieron dado su veredicto flamenco carraspeó para llamar la atención de los presentes y con esa autoridad que le daba el tenerse por buen aficionado al cante y conocedor a través de lo leído, de este arte tan andaluz, medió entre la disputa y habló.

Escuchad: el aficionado al flamenco verdaderamente siente preferencia hacia uno u otro cantaor, pero el buen aficionado sabe coger de cada cantaor lo mejor que tiene y todos le gustan por igual y para terminar esta reunión voy a cantaros un fandango que me enseñó mi padre cuando esto que dice la letra verdaderamente ocurría:

Lo que había rebuscao
La guardia a mi me quitó
Lo que había rebuscao
Que van a comer esos niños míos
Si también me han espuntao
Los espárragos que he cogió.

Y así, de esta manera, después de haber dado buena cuenta de la botella de vino, del plato de aceitunas y haber dado cada uno su versión sobre el cante, se despedían con un ¡bueno señores hasta mañana Dios mediante! Y cada cual volvía a su casa para descansar y emprender al día siguiente la faena.
Baños de la Encina, 1 de enero de 2007
Faustino Céspedes Nieto

[Tengo hoy la gran satisfacción de alojar en mi Blogs, el relato de un entrañable amigo, amante de Baños y sus cosas y gran cantaor de flamenco, por algo es hijo del inolvidable, Antonio Céspedes “Laruta”, me refiero a Faustino y les dejo con su relato, que trascribo del manuscrito que me dejó .DMC]