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28 octubre 2011


CARTA PASTORAL DEL OBISPO DE JAÉN
 DESCANSEN EN PAZ NUESTROS DIFUNTOS

Jaén, 21 de octubre de 2011
     Muy queridos fieles diocesanos:
     Cada año tenemos, al iniciarse el mes de Noviembre, una cita especial con nuestros queridos difuntos. Desde nuestra fe recordamos con serenidad su pasado entre nosotros. Quizás llevamos unas flores a sus tumbas y oramos, sobre todo, por su eterno descanso.
Nos alegra comprobar que en buen número de parroquias de la Diócesis hasta se celebre la Santa Misa en los cementerios. Además de aplicarse el Sacrificio de Cristo por los difuntos que lo necesiten, se escucha también la verdad trascendental de nuestra fe: “Que la vida de los que en Ti creemos, Señor, no termina, se transforma. Y al deshacerse nuestra morada terrenal, adquirimos una mansión eterna en el cielo”.
     Alguno se preguntará: pero, ¿se puede hoy hablar de la muerte? Y, ¿por qué no? Todos los humanos, creyentes y no creyentes, terminan preguntándose alguna vez qué sentido tiene el morir y qué nos espera después de cerrar los ojos definitivamente. Se trata, desde luego, de un hecho irrefutable que sigue inquietando a todas las personas, incluso a pesar del esfuerzo por ocultarla a toda costa o de pasar, lo más rápidamente posible, ante el desenlace de nuestros seres queridos.
     Ciertamente los no creyentes, que consideran a esta vida como la única existente, tienen que sentir angustia y desconcierto a medida que se acerca el final de sus vidas o si se produce en sus familiares y amigos.
     Para quienes creemos en Jesucristo, sin embargo, la muerte es otra cosa muy distinta. Nuestra fe en Él, ciertamente no priva a nuestra muerte del dolor y desconcierto interior, pero nos proporciona la clave para esclarecer este gran enigma.
     Es el mismo Cristo quien nos dice con toda claridad: “Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en Mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en Mí, no morirá para siempre” (Jn 11, 25 y 26).
     San Pablo es muy tajante y claro sobre esta verdad tan fundamental del cristianismo, por cierto la única religión que la admite. Para este Apóstol es el verdadero quicio de nuestra existencia cristiana llegando a decir que: “Si Cristo no ha resucitado, vana es nuestra predicación y vana también vuestra fe… Pues si los muertos no resucitan, tampoco Cristo ha resucitado; y si Cristo no ha resucitado, vuestra fe no tiene sentido…” (1 Cor. 15, 14 y 16).
     Apoyados en estas verdades reveladas los cristianos no seguimos a un derrotado y ajusticiado en una Cruz. Fue el primero que venció a la muerte por su resurrección. Su triunfo es ya nuestro triunfo porque los miembros siguen a la Cabeza. Aunque sólo fuera por esto valdría ya la pena de ser discípulos suyos.
     Podrá creerse o no en Jesucristo. Podrá afirmarse o no que no hay más vida que esta. Lo que no se puede es tener fe en Jesucristo y negar la resurrección de los muertos. Ser cristiano y creer en la resurrección es un binomio indisoluble. Si morimos con Cristo resucitaremos con Él y por Él.
     El peor opio del pueblo es secar las fuentes de su esperanza. Por eso el cristianismo, de forma bien fundada, habla y cree en la muerte como paso definitivo hacia su eternidad. Su fundamento no es otro, repetimos, que la Resurrección y Palabras de Jesucristo. Es la gran verdad que ilumina el horizonte del cristiano y, por eso, contempla a los fieles difuntos en esa vida nueva que él también espera, les recuerda y pide a Dios con fe la paz eterna para ellos.
     Con mi afecto en el Señor.
     + RAMÓN DEL HOYO LÓPEZ, OBISPO DE JAÉN



30 octubre 2010

DIA DE LOS  FIELES DIFUNTOS

Todos los pueblos, desde los más primitivos tuvieron la costumbre y el respeto de honrar a los muertos. Lo vemos en la cultura del Argar, en el yacimiento de Peñalosa,  muy próximo a Baños, donde en cistas de pizarra, de pequeñas dimensiones, se enterraba, junto con un pequeño ajuar, un vaso carenado, algún punzón o cualquier otro adorno, según la categoría del muerto (siempre hasta después de  la muerte se dieron esas diferencias) y la riqueza que tuviera el poblado. Peñalosa sin duda era pobre, pues se encontraron vasijas rotas, que fueron de nuevo usadas (recicladas diríamos hoy) y el ajuar descubierto es bastante pobre.


Los egipcios y las culturas del Éufrates, levantaban grandes templos funerarios, pirámides y otras formas, según las épocas. Entre los griegos a los difuntos  se le ponían unas monedas en los ojos, que eran las que tendrían que pagar a Caronte, el barquero, al pasar la Laguna Estigia.

 Los romanos fueron amantes de los muertos y tanto en las lápidas funerarias, invocaban primero a los Dioses Máximos, para señalar las bondades del difunto y desearle descanso, como en otras manifestaciones siempre recordaban a los antepasados, que eran venerados a diario en pequeños altares en las casas.

Los cristianos, tuvieron que enterrar en las Catacumbas, por las persecuciones, y siempre se mantuvo ese respeto, sabiendo que el alma había salido para el cielo y solo quedaban los despojos.

Los pueblos celtas comenzaban sus ciclos temporales por la mitad oscura: la jornada se iniciaba con la caída del sol, y el año con el principio del invierno. Así, con el SAMONIS, que equivalía a nuestro 1 º de noviembre, los celtas iniciaban el año con diversos festejos que concluían con "la fiesta de los muertos".

En el año 998, San Odilón, abad del Monasterio de Cluny, al sur de Francia, instauró para el día 2 de noviembre, la festividad de Todos los Fieles Difuntos en la orden benedictina. En el siglo XIV Roma lo aceptó y lo extendió a toda la cristiandad, y desde entonces se dedica este día a su conmemoración, de manera espacial.


Hoy los cementerios se llenan de familiares y amigos que acuden a rezar por sus difuntos, se limpian los nichos, se ponen flores y si se puede, se asiste a una de las Misas que se suelen celebrar dentro del cementerio.

 DMC.