BIENVENIDA

Bienvenidos a mi Blogs, y gracias por su visita

15 junio 2010

Rvdo. Don Francisco Solís Pedrajas.
Párroco de Baños de la Encina 1906-1913.
En proceso de Beatificación.
Apuntes biográficos por Don Francisco Caballé Cobo. Presbitero








 NO LOGRO DARLE ALCANCE

"Dentro del templo parroquial mayor de San Juan Evangelista de Mancha Real uno se siente como bajo un gran palio: varales finísimos de piedra, sus columnas; tisú viejo y riquísimo, sus bóvedas. Encanto y duende del renacimiento andaluz.
En ese marco, una tarde otoñal, al comienzo de los años treinta, en grupos muy ordenados, atendidos por los sacerdotes y algunos catequistas, eran adoctrinados los niños y niñas de la feligresía. De pronto, uno de aquellos niños, -¡seis años!- con silencio y cautela, apretó sus pasos en busca de la puerta sur del templo –la que da a la calle Maestra-. Silencioso también, salió tras de él el Sr. Prior; pero no solo no logró dar alcance al pequeño fugitivo, sino que resbaló y dio con sus honorables huesos en el suelo.
Al cabo de tantos años aquel chavalillo -¡quién lo iba a decir!- es un sacerdote con más de cuarenta años de ministerio, que, hace unos meses, recibió con tanta ilusión como temor, el encargo de escribir algo: una semblanza, unos apuntes biográficos -¡algo!- sobre aquel párroco de su niñez, que un día corrió tras él sin conseguir darle alcance y quedó tendido en los blancos mármoles del pavimento.
He escrito “con tanta ilusión como temor” porque eran esas las dos fuerzas antagónicas que pugnaban en mi espíritu: la ilusión de escribir algo sobre la gigantesca figura de don Francisco Solís Pedrajas, por una parte; y por la otra, el temor de no lograr dar alcance a su polifacético perfil. Porque el Párroco Solís es uno de esos hombres de Dios, sencillamente polifacéticos: fue predicar docto y elocuente, cargado de fama. Catequista sencillísimo, con los niños. Majestuoso, serio, rodea a los hombres grandes; y rodeado, -¿quién no lo recuerda?-, de los más débiles económicamente, que le seguían, desde la calle Maestra, hasta la casa hoy marcada con el número 40 de San Marcos. Suave y delicado -¡ni siquiera levantó la voz para intimidar al crío que se le escapó de la catequesis!-. Fuerte y firme para moverse y mover a sus feligreses a hacer algo más práctico que lamentarse en las situaciones más difíciles. Intrépido ante la muerte -¡es poco!-, gozoso ante el martirio, con un gozo contagioso que movió a cantar al Señor a los que con él iban a morir.
Se me van los meses corriendo detrás de su figura, sin lograr darle alcance… ¡Se ha vengado conmigo, seguro que sin pretenderlo!... Me ha derribado… Me deja rostro en tierra… Y si no fuera por el Amor a Cristo, por quien Don Francisco dio su sangre; si no fuera por el Amor a mi pueblo natal, yo no me correría el riesgo de quedar mal parado en este intento biográfico

MANCHA REAL
Yo, que mucho me honro y doy gracias a Dios de haber nacido y crecido en Mancha Real, no escribiría estas páginas, si con ellas echara un borrón a la historia de mi pueblo. Así lo digo. “No escribiría estas páginas”…, pero no es así, ¡no!... Don Francisco Solís sufrió el martirio en mi pueblo, pero mi pueblo no lo llevó al martirio. No salió hacia el suplicio de la cárcel de mi pueblo. Salió desde la prisión de la Catedral de Jaén cuyas llaves no estaban en las manos de mis paisanos. A él, y a sus compañeros de martirio, vecinos de diversos lugares de la provincia, los maniataron y llevaron al cementerio de Mancha Real otras autoridades… Mancha Real veneró en vida al Párroco Solís y le conserva, aún hoy, algunos signos externos de ese respeto.
Y no se argumente que los hijos de Mancha Real lo encarcelaron… Hacen falta muchas horas de reflexión para comprender el entorno sociopolítico de los primeros lustros de este siglo:
El Cardenal Albino Luciani, que luego fue Papa Juan Pablo I, en su “Carta a Charles Dickens” tiene un párrafo que bien podía describir, al menos en parte la miseria moral y material del campo andaluz de aquellos tiempos: “Pobre gente que vive en una miseria impresionante (…) Ningún sindicato que los defienda, ninguna protección contra la enfermedad o la desgracia; salarios de hambre”, cuando los había.
Una masa obrera, de familias, numerosas en su mayoría, que vivían y morían en ese entorno, se encontró arengada por oradores políticos que, con la incuestionable buena intención de levantarles de su miseria, pero con escasa preparación, unas veces y otras, con defectuosos planteamientos, excitaron el odio de aquellas pobres gentes. Y los levantaron absurdamente contra la Iglesia y sus ministros, que eran y fueron, durante siglos, quienes hicieron algo por los económicamente más débiles.
Nadie mejor que el propio párroco Solís supo dar en vida –lo veremos más adelante en un sermón suyo-, una lección de comprensión. En vida y en la muerte misma: su última tarea de pastor fue la de mover a sus compañeros de suplicio a perdonar a los que iban a disparar sus armas sobre ellos… ¡Sus últimas palabras fueron de perdón!.
Más bien, -misteriosos designios de Dios-, su sangre, como tanta sangre derramada precipitadamente en estas tierras, fue un riesgo bendito que, andando los años, trajo paz y prosperidad a La Manchuela, tan querida del endiosado Fray Juan de la Cruz.
¡Mancha Real, bella villa!... Yo no sé si en tiempos de San Juan de la Cruz se elevaban ya al cielo las coplas de tus álamos de “Las Pilas” y “El Soto”, -¡aquellas alamedas de mi niñez!-. Pero si así fuera, yo apostaría porque el Místico Doctor del Carmelo miraba al Soto desde las ventanas de su convento cuando exclamaba:
“Mil gracias derramando
pasó por estos sotos con presura
y, lléndolos mirando,
con sola figura,
vestidos los dejo de su hermosura”.

CUNA DE MADERA

En el extremo occidental de la provincia, donde el Guadalquivir ya baja crecidito, en Marmolejo, donde las aguas han curado tantas dolencias, a eso de las dos y media horas del día nueve de julio de 1877, nacía un niño, primogénito de los consortes Miguel Solís Padilla y Antonia Pedrajas Rodríguez, carpintero, él; dedicada ella, a sus labores.
Aquel mismo día, en la Iglesia parroquial de Nuestra Señora de la Paz, el recién nacido era hecho hijo adoptivo de Dios. Lo apadrinaba su abuela paterna. Don Antonio Rodríguez Montero, coadjutor de la Parroquia, se apuntaba el honor de bautizar una futura gloria del clero de Jaén, a un futuro mártir de Jesucristo, al que impuso los nombres de Francisco, José, Antonio, Juan, Alejandro y Julián.
¿De qué nivel era la familia Solís Pedrajas?, dejemos que Don Francisco mismo nos lo diga: “obrero soy yo también, hijo de la pobreza y el trabajo, y pasé los días de mi infancia a la sombra de un taller” (Sermón del 9 de octubre de 1915).
De todas formas, un carpintero, en un pueblo como Marmolejo, en aquellos tiempos, vivía modesta, pero no miserablemente.
Los padres se habían casado canónicamente en Marmolejo el día 11 de agosto de 1875. Después de Francisco, les nacieron: Manuel, que vivió y murió en Marmolejo; María del rosario, que acompañó siempre a su hermano sacerdote; casó en Mancha Real, fue madre de tres varones y murió allí. Y allí espera la resurrección junto a la tumba de su hermano.
El menor de los Solís Pedrajas, Miguel, murió muy joven en Baños de la Encina.
La madre, Dª Antonia falleció en Mancha Real el día 22 de enero de 1915, y sus restos mortales, exhumados de su primitiva tumba, se depositaron en el mismo ataúd de su hijo Francisco.
El padre, Miguel, murió en Marmolejo el 19 de julio de 1921.

SU SIGLO
Los últimos años del siglo XIX son, a la vez, los años finales de sus estudios teológicos y años de los que tenemos pocas noticias de su vida.
El Boletín Oficial de la Diócesis deja constancia, al final de cada curso, del buen expediente académico del seminarista Solís Pedrajas. Se anota que estudió “con beca de la Sra. Marquesa”. Los ingresos del carpintero de Marmolejo no daban para más.
El 22 de diciembre del año 1900, el obispo de Jaén Rvmo. Sr. Don Victoriano Guisáosla, con la imposición de sus manos y las de sus presbíteros, ordenaba sacerdote de Jesucristo a Francisco Solís.
Había empezado un nuevo siglo: el siglo XX y del que el nuevo presbítero solo viviría 36 años, tres meses y tres días. Años que él aprovecharía para crecer en el Amor a Cristo y a los hermanos, para hacer maravillas; para alcanzar un prestigio pastoral difícilmente igualable. Años que coronaría derramando su sangre por Cristo. Amanecía su siglo.
De aquellos primeros años de su vida sacerdotal sabemos poco. En el archivo de la parroquia de Santiago Apóstol de Valdepeñas, de la que fue coadjutor, aparece su firma “Francisco Solís”. Desaparece algún tiempo su nombre de los libros sacramentales, para aparecer de nuevo con la firma “licenciado Francisco Solís”. ¡Ya despuntaba su amor a los libros!.

ME LO CONTARON EN BAÑOS

Un buen día de agosto de 1906, se acercaba a Baños de la Encina, entrando por Matacabras, un joven sacerdote -29 años-. Ante sus ojos se extendía la villa mariana: arriba, a la derecha el santuario del Stmo. Cristo del Llano; a la izquierda, el entonces casi milenario castillo; en el centro, la iglesia parroquial de San Mateo Apóstol, en la que él venía a servir como párroco propio, en virtud de concurso oposición a curatos celebrado aquel mismo año. ¡Reciedumbre en rima consonante: la de aquellas edificaciones y la del nuevo párroco!.

Apenas instalado en el pueblo, se encaminó un día, entre hiladas de olivos, -plata y esmeralda-, hacia el santuario de la Stma. Virgen de la Encina, patrona de Baños, pasando junto a la ermita de Jesús del Camino, donde los olivareros, al pasar con su carga, en tiempo de recolección, dejan caer por la ventanilla un puñado de aceitunas para Jesús. Ya en el santuario, D. Francisco ora largamente y pone a las plantas de Nuestra Señora las ilusiones y proyectos pastorales de su corazón.

Así empezaba su andadura un sacerdote mariano, en una villa mariana.
Durante diecisiete años, con gozosa frecuencia, escuché los más entusiastas elogios del buen hacer pastoral de D. Francisco: “Predicaba mucho y muy bien”… “Consiguió una asistencia de público a los cultos, fuera de lo corriente en otros sitios”…

“Yo tenía siete años, -habla ahora lúcido un octogenario-, cuando Don Francisco se marchó de Baños, pero recuerdo que los mayores le veneraban, y elogiaban su arte de poner paz en las familias”.

Y otro octogenario, hombre muy culto, me dice que, siendo él muy joven, escuchó los reiterados elogios de Anica Antera que, ya muy anciana, recordaba con nostalgia a Don Francisco Solís, muchos años después de ser trasladado a Santisteban. Y concluye su relato con estas palabras: “Créame Vd (…) yo me encomiendo a diario a este sacerdote mártir, y le encomiendo esta querida parroquia”.

Lo que no me contaron en Baños fue lo relacionado con la muerte de Miguel Solís, joven estudiante de veterinaria, y hermano de Don Francisco. Yo lo había oído en mi pueblo, donde el párroco Solís narró, no sin intención pastoral, a un grupo de jóvenes.

Miguel cayó gravísimamente enfermo en Baños de la Encina. Y yo, a las puertas de la muerte, debió sufrir una fuerte prueba en su espíritu, durante dos o tres días. Y era tal su turbación que solamente la presencia de su hermano sacerdote, al que abrió su alma, le devolvía la paz. Y en esa paz entregó su alma a Dios Nuestro Señor.
Comentaba Don Francisco que aquellos últimos días de Miguel dejaron huella imborrable en su corazón de hermano y de sacerdote.

Ya he dicho que esto no me lo contaron en Baños, aunque di ocasión para que lo hicieran. Tal vez les impuso silencio el respeto a la intimidad de la familia Solís. Tal vez ese silencio tuviera sus raíces en el recato, serenidad y humildad con que Don Francisco y los suyos trataban sus asuntos personales y familiares.

EN COMISIÓN DE SERVICIO
Así fue. Desde mediado el verano de 1913, en el archivo de la parroquia de San Esteban, en Santisteban del Puerto se lee: “… el presbítero d. Francisco Solís Pedrajas. Cura propio de Baños de la Encina, en comisión de servicio en esta parroquia…”
La expresión “en comisión de servicio”, usada frecuentemente en la vida civil, no aparece sino raras veces en la vida eclesiástica a pesar de que a un sacerdote se le encomienden determinadas misiones y servicios “ad tempos”.
Ignoramos los motivos que determinaron al obispo Sanz y Saravia a confiar al cura propio de Baños de la Encina la cura de almas en Santisteban del Puerto.
Un día de junio de 1913, Don Francisco Solís bautizó en Santisteban del Puerto a dos varones gemelos a quienes impuso respectivamente los nombres de Guillermo y Francisco. Eran hijos de los cristianísimos consortes D. Pablo Álamo y Dª Balbina Berzosa, quienes habían acogido como huésped al párroco Solís.
Durante toda su vida, Francisco Solís guardó a esta familia un afecto de amistad, al que los señores Álamo Berzosa siempre correspondieron. Mantuvieron correspondencia espistolar. Don Francisco visitó en el Seminario de Baeza a los gemelos Álamo que llegarían a ser dos celosos y popularísimos sacerdotes en la Diócesis; y en junio de 1936, el Arcipreste Solís predicó en la primera misa solemne de Don Guillermo, en Santisteban.
Testimonia Don Guillermo que en Santisteban del Puerto se recordaba a Don Francisco Solís como párroco docto, celoso y piadoso.
En los pueblos de Jaén al párroco se le llamaba “Señor Prior”, denominación quizás procedente de las órdenes militares de Santiago y Calatrava, extendidas en su tiempo por estas tierras.
En el otoño de 1913 corría por Santisteban un rumor: “Dicen que el Sr. Obispo va a convocar para proveer importantes parroquias de las Diócesis. Dicen que el Sr. Prior va a ir al concurso. Pues si va, se ganará una de las mejores parroquias, porque mira que es listo. Y no se le caen los libros de las manos”.
En Santisteban, en “comisión de servicio” breve el paso; profunda huella.

SEÑOR ARCIPRESTE
Convocado nuevo concurso a curatos, en otoño de 1913, por el obispo Sanz y Saravia, componían el tribunal los canónigos Don Tomás Muniz y Pablos, que moriría siendo Arzobispo de Compostela; Don Pedro Poveda Castro Verde, fundador de la institución Teresiana, y don Cipriano Tornero, antiguo párroco de Mancha Real.
Ante ellos comparecía como opositor Francisco Solís, y con él otros sacerdotes que serían también mártires de Cristo.
Resuelto el concurso, Francisco Solís era nombrado párroco de la de San Juan Evangelista en Mancha Real. Y en febrero de 1914 se posesionaba de ella y era nombrado Arcipreste. Tenía 36 años, edad joven para los escalafones de entonces.
En Mancha Real se le imponía la tarea primera de reparar un poquito aquel bello templo renacentista: pavimento, reforma del presbiterio -¡acertadísima!- y, ajardinar los exteriores del templo en sus fachadas sur y poniente.
Entre tanto, el nuevo párroco observaba su feligresía, se informaba y se hacía cargo de la situación para emprender su tarea.

¿SOCIALISTA?
A aquel hombre de Dios se le abrasaban las entrañas al ver cómo sus feligreses obreros –la mayor parte de su feligresía-, se apartaban de la Iglesia y se iban a las filas del socialismo.
Analizó la cuestión y halló que las ofertas y promesas que el socialismo hacía a los obreros para librarlos de la miseria en que vivían eran en buena parte compatibles con el Evangelio.
Se conserva un folleto titulado “Sermón predicado en la Iglesia parroquial de Mancha Real, el 9 de octubre de 1915, por el Prior Don Francisco Solís Pedrajas”.
Aquella mañana de octubre, feria y fiesta en honor de la Stma. Virgen del Rosario, el celoso párroco desahogó su dolor por el hecho de que las ofertas y promesas a favor de los más débiles, que pudieran hacerse a la luz del Evangelio, se hicieran no ya fuera de la Iglesia de Cristo, sino en filas que se apretaban contra ella. Y sentó esta afirmación: “El socialismo pudo ser una realidad beneficiosa para todos al amparo de la Iglesia”.
Y dicen las malas lenguas que en este momento, algún oyente comentó por bajito: “¡Hasta el prior se ha vuelto socialista!”.
Claro que no era así. Lo que sí es verdad es que el párroco Solís siguió pensando que se podían hacer ofertas liberadoras a los obreros desde dentro de la Iglesia.
Por aquellos tiempos y dirigidas por pastores de la Iglesia y seglares con inquietudes sociales, se fundaron en España los sindicatos católicos, que sin implicaciones políticas, se ocupaban de los obreros. Y Francisco Solís se documentó en el tema, se puso en contacto con los promotores y fundó en Mancha Real un sindicato, allí conocido el “Sindicato Católico”.
Supe, hace años, por relato de personas de avanzada edad, que tras el Sr. Prior acudía al Sindicato una multitud de obreros, a los que él les exponía que Cristo vino a evangelizar a los pobres y que la Iglesia siempre dio acogida a los obreros. Que Cristo mismo fue un obrero en Nazaret.
Pero aquel hombre de Dios no caía en demagogias fáciles, ni acababa en mera palabrería. Y emprendió una obra de parcelación de terrenos, en la finca llamada “Los Cuartos”. Y, cuando iban a emprender otra nueva parcelación de terrenos, en el mismo latifundio, alguien se adelantó y adquirió aquellas tierras.
Por entonces el ambiente sociopolítico se oscurecía, día a día, por estas tierras andaluzas. La tarea de un pastor de almas se hacía cada vez más difícil.

EL COLEGIO DE SAN JUAN DE LA CRUZ
Suprimida por el gobierno republicano la enseñanza de la religión en las escuelas, se oía por doquier, de labios de muchos padres cristianos, un clamor de queja y lamentos. Don Francisco, como todos los hombres de Dios, procuraba siempre hacer algo más práctico que lamentarse.
Existía en la España de aquellos tiempos una institución dedicada a promover colegios con ideario cristiano: la “Sociedad Anónima de Enseñanza Libre” (SADEL). Y precisamente un mancharrealense, (manchego, se dice en la comarca), Don Luis Cubillo Valdés, era administrador de dicha sociedad. Con él trató el inteligente y emprendedor párroco acerca de las posibilidades de instalar en su feligresía un colegio “SADEL”.
Pero… ¿y los recursos económicos?... Pensó el celoso pastor en el proyecto y lo consultó con Nuestro Señor en la oración: estaba claro que “cada palo aguante su vela”. Y si los primeros responsables de la educación en la fe son los padres cristianos, ellos tenían que ser promotores y financiadotes del colegio para sus hijos.
Convocó a un primer grupo de padres de su feligresía: D. Eduardo Terrón, D. Javier Cabanillas, D. José María Porras, D. José Herrera, D. Juan Cavallé y otros. Cada uno de ellos expondría el proyecto entre sus parientes y amigos; y así fue como rápidamente cundió el entusiasmo entre muchas familias que, según sus posibilidades, suscribieron unos bonos o acciones de la SADEL. Y, en el año 1934 se abrió el “Colegio Sadel de San Juan de la Cruz”, que así se llamó en honor del reformador carmelita que, en el año 1586, fundó un convento de frailes descalzos en “La Manchuela”, (lo que entonces era Mancha Real).
Dotado el colegio de buen mobiliario y de material escolar, de lo mejorcito de aquella época, fue su primer profesor y director “mi querido maestro” D. Bartolomé Pérez del Moral, que vive en Jaén, y a quien debo parte notable de esta información sobre el colegio.
Para la sección de niñas, vino de Madrid Dª. Isabel Ordóñez Rellero, y para los pequeños, su hermana, Dª. Asunción.
“D. Francisco, -escribe D. Bartolomé Pérez- era el director espiritual del colegio y recuerdo sus homilías, tan llenas de enseñanza evangélica, a la altura de los niños, que asistían en corporación a la Santa Misa dominical. También nos dirigía y ayudaba en la preparación a la primera comunión de los alumnos”.
Las familias cristianas de Mancha Real tenía ya asegurada para sus hijos una enseñanza general básica (primaria, se llamaba entonces) de signo cristiano, y no clasista; porque, con la cooperación de los más pudientes, el colegio se abrió también para familias que no pudiesen abonar la bien módica cuota mensual por alumno.
Se conserva una fotografía de la sección de varones, en la que aparece un rebaño vario pinto de chavales, en torno a D. Bartolomé. Profesor y chicos rebosan satisfacción.
Así fue como el párroco Solís hizo frente al trascendental problema de la enseñanza cristiana de los escolares en su feligresía.

COMO UNA FUENTE
Atento a todo y a todos, con una solución eficaz para cada problema.
Al final de los años veinte, la imagen de San Juan Evangelista, procesionaba en Semana Santa, vino a caer en manos de un grupito de jóvenes, que no era precisamente un modelo de reverencia y piedad. El Sr. Prior expuso la situación a otro grupo de jóvenes, formados por él. Y nació una hermandad que procesionó a su Titular –titular también de la parroquia-, entre dos elegantes filas de penitentes, --túnica blanca, capaz y caperuz verde-. Lo cofrades formaron un coro de varones y cantaron el 27 de diciembre, la misa pontifical, 1ª de Lorenzo Perossi.
Si venía un año de escasez, de paro, de hambre, un comedor, sostenido con fondos de la conferencia de San Vicente y otras aportaciones, cocinado y servido por señoras de la feligresía, repartía raciones abundantes y numerosas.
Al comenzar en algunas diócesis de España el funcionamiento de la Acción Católica, D. Franciscose informó. Leyó lo escrito sobre sus objetivos y métodos, lo meditó, -como solía-, delante de Nuestro Señor y emprendió su organización en Mancha Real.
Pronto funcionaron las dos ramas, -varones y mujeres-, con cuatro secciones en cada una; niños –juniores y benjamines-, aspirantes, jóvenes y casados. A todos y cada uno de esos grupos daba personalmente un círculo de estudios semanal: comentario a un texto del Evangelio; un tema de moral, piedad y vida cristiana.
Sumaban ocho círculos semanales, a los que añadían su atención a catequesis, Tarsicios, Conferencia de San Vicente, visita a enfermos, confesionario –al que no faltó ni un día-, y la concienzuda preparación de su predicación.
Sin una profunda vida interior, sin aquella piedad mariana que siempre reflejó, no podría explicarse el hecho de verle sereno, sin prisas, suavemente sonriente.
“Me daría por satisfecho, -dijo alguna vez-, si al final de mi vida pastoral, quedasen aquí una docena de familias seriamente cristianas”.
Uno de los frutos pastorales que más se valoran en la vida de un párroco es el de las vocaciones al sacerdocio y a la vida religiosa. Y Dios regaló a D. Francisco, en Mancha Real, cuatro nuevos sacerdotes: D. Pedro López y López, D. Francisco León Carrillo, D. Juan Olid Martínez (mártir también) y D. Ramón Ruiz Cano.
He fracasado en mi intento de confeccionar la relación de chicas que, en aquellos años, en mi pueblo, se entregaron a Dios en la vida religiosa activa o contemplativa.
Trascendió su buen hacer en la Acción Católica y el Sr. Obispo le nombró consiliario diocesano de la misma. Cargo éste que le imponía nuevos quehaceres y desplazamientos…
Se le veía a veces junto con algunos sacerdotes, -los de su Arciprestazgo-, tan necesitados de compañerismo y aliento en aquellos tiempos difíciles.
Atento incansablemente a todo y a todos. Como una fuente que mana sin cesar.

YO, EL PRISIONERO POR CRISTO
Los primeros días de la guerra civil –segunda quincena de julio de 1936- fue detenido D. Francisco Solís. Y, en la estrecha e inhóspita prisión del partido judicial de Mancha Real, permaneció, junto con numerosos feligreses suyos, hasta mediado aquel sangriento verano.
La prisión provincial de Jaén era incapaz de “albergar” la oleada de “presos políticos” que a diario llegaba de diversos lugares de la provincia. Y las autoridades provinciales del Frente Popular decidieron convertir en cárcel esa bellísima joya arquitectónica del renacimiento andaluz, que es la Santa Iglesia Catedral de Jaén. Allí fue –oh sarcasmo-, encarcelado el Obispo de la Diócesis, Rvdmo. Don Manuel Basalto, junto con su Vicario General y varios señores capitulares. El Rvdmo. Prelado estuvo preso hasta agosto. Pronto el amplio templo catedralicio quedó repleto de presos, entre los que se contaban no pocos sacerdotes y religiosos. Allí ingresó también, “prisionero por Cristo”, Francisco Solís Pedrajas.
El Arcipreste Solís no tardó en descubrir la tarea que Dios nuestro Señor le ofrecía, entre aquellos hombres que, encarcelados en pésimas condiciones de higiene y carentes de la más elemental comodidad, aguardaban con horror un destino incierto y oscuro. Y se entregó de lleno a “iluminar a los que yacen en tinieblas y sombras de muerte”.
Entre los sacerdotes allí presos, había algunos muy mayores, cargados de méritos y de prestigio. Había capitulares ilustrísimos. Y, ante todos ellos, Francisco Solís no se consideraba competente para organizar una tarea pastoral. Pero su celo sacerdotal era incontenible y se desbordó en un trato amistoso, discreto y cordial con sus compañeros de prisión.
“Amigo generoso y leal que tanto contribuyó a sostener nuestros ánimos con sus exhortaciones”, -escribe el Rvdo. Del Río Alados, compañero de prisión-, y añade: “Escuchándole, se deslizaban las horas, en una placidez gratísima. Y se recibió en el corazón un baño de luz y de alegría, que ahuyentaba las tristezas y las sombras de esta noche interminable que materialmente nos aplasta”.
Pronto se extendió allí el influjo de su característica solicitud para consolar y fortalecer a todos los presos, -sacerdotes y fieles-, y se le encomendó la tarea de dirigir una meditación diaria, cautelosamente organizada en lugar discreto, y, predicaba en voz bajita, a la que asistía por turnos un grupo de presos, mientras otros espiaban los posibles movimientos de vigilantes o milicianos.

JUEVES SANTO EN PRISIÓN
“25 de marzo de 1937, Jueves Santo (…) Me asegura M. Rodríguez que tenemos que celebrar los oficios de día. Tenemos cálices y misales escondidos, pero ¿dónde las formas y un lugar que ofrezca un mínimo de garantías? Las hostias llegaron a tiempo (…) y, respecto al lugar, dimos con la mejor solución: la enfermería; en ella se van consumiendo los enfermos, -no faltaban tuberculosos en estado avanzado-, es un lugar sombrío, insano, tristísimo” (José Antonio del Río Alados) Realmente no era lugar apetecible para los vigilantes…
“Comienzan los oficios divinos –sigue escribiendo Alados-, ahora, para sacerdotes, después se celebrará segunda misa para seglares, los que recibirán la Sgda. Comunión por tandas, para no despertar sospechas. En una pobre mesa, habilitada para altar, se han colocado los ornamentos, y a ella se dirige Don Francisco Solís y comienza a revestirse: al ponerse el amito sobre el traje de paisano, siento una punzada fuerte en el corazón. La Santa Misa ha comenzado, y los sacerdotes nos hemos arrodillado junto al Altar: en verdad que nos vemos calumniados, pobres, despreciados, perseguidos, pero debo proclamar que nunca hemos gozado de tan amplia libertad de espíritu…”
Jueves Santo en la catedral de Jaén, convertida en prisión. 25 de Marzo de 1937. Allí están presos religiosos y sacerdotes beneméritos, doctos, capitulares ilustrísimos. Y entre todo ellos, se elige a Don Francisco Solís Pedrajas, para oficiar la “misa in coena Domini”: la misa del Jueves Santo… ¡Algo tendrá el agua, cuando la bendicen1.

EL ÚLTIMO
Muerto el obispo Don Manuel Basalto, los señores capitulares trataron en la prisión-catedral, de elegir vicario capitular o gobernador eclesiástico, mientras otra cosa no dispusiera la Santa Sede. Y abordaron al Arcipreste Solís para ofrecerle el cargo, prontos a darle su voto unánime, si aceptaba. Pero él, correcto y agradecido, confuso y sorprendido, se negó firme y decididamente a aceptar.
D. José Antonio del Río Alados solía leer sus escritos a D. Francisco Solís para gozar de su aprobación. Y, en una tertulia, en la sacristía, en presencia de D. Luis Fernández Seco, D. Lucas Sanjuán y García del Castillo, comenzó a dar lectura a un trabajo que Solís atendía con gestos de aprobación, hasta que la pluma de Alados hizo mención a la elección de Solís como gobernador eclesiástico de la Diócesis. “En aquel momento, -dice Alados-, me ví obligado a escuchar la más cariñosa filípica que se haya hecho contra un delincuente muy querido. Yo me defendía denodadamente:
- Pero dígame, Don Francisco, ¿es que es falso lo que refiero?
- “Es materialmente” cierto, pero sin el relieve que Vd. da a incidentes del todo insignificantes; y yo le ruego que modifique su escrito en el sentido de que, habiendo entre nosotros tantos sacerdotes dignísimos no me elija como prototipo, pues no es justo que, entre tantos heridos y mutilados, se acuerde del que no ha sufrido nada, fuera de la pequeña molestia de verme detenido.
- Le advierto…
- No prosiga; si algún ascendiente tengo sobre Vd., siquiera el de la amistad, insisto y le ruego no pondere incidentes minúsculos de mi vida, sin trascendencia alguna. Aunque yo le agradezco con toda mi alma su cariño, al que correspondo con todas las veras de mi corazón”.
Y Alados tuvo que plegar su escrito.
Era el primero para servir a los hermanos y se consideraba a sí mismo inferior a ellos.
“Todos los días, en la cola del rancho –comentaba D. Juan J. Guzmán- yo iba el primero y el Sr. Prior, el último”. Y claro está, el último ni llevaba la mejor ración, ni la más calentita.
Humilde y pobre. Nació (ya lo vimos) en la pobreza, aunque no en la miseria. Se ganó, a fuerza de codos, su beca en el seminario. Como párroco, vivió sobriamente. Tenía a mano una limosna para todo el que se la pedía.
Cuando su cadáver fue exhumado, para ayudar a identificarlo, su hermana Rosario indicó que en la ropa interior, debían hallarse las iniciales V.S. correspondientes a su primo Valentín Solís. Y así fue.
A su muerte no tuvo bienes inmuebles ni dinero alguno que legar a sus consanguíneos.
Pobre, humilde; pero no apocado o pusilánime. Que se lo pregunten a Alados.

IBAN CANTANDO
Una tarde de aquella tensa primavera de 1936, con ocasión de un visita de pésame, se improvisó una tertulia entre el Sr. Prior y algunos feligreses. Y surgió el tema de la tensión ambiental que España sufría por aquellos días:
“Eso, -dijo el profesor Peón-, tiene que desembocar en una guerra civil”.
“¿Una guerra civil?, -dijo el Rvdo. Solís-. ¡No lo permita Dios, querido Don Juan, porque Vd y yo seríamos de las primeras víctimas!”
Un mes después, se cumplía el presagio de Don Juan Peón. Y diez meses más tarde, se cumplía, por lo que a él mismo se refería, el vaticinio del Arcipreste Solís. Y fue así.
En esa cadena de represalias que es una guerra civil, el día primero de abril de 1937, la ciudad de Jaén –a unos cuarenta kilómetros de la línea de fuego más cercana-, sufría un bombardeo aéreo. Y, en represalia del bombardeo, alguien ordenó una “saca” de presos de la prisión-catedral.
La madrugada del cuatro de aquel abril sangriento, se manda a los presos levantarse de sus colchonetas… Una voz fuerte va nombrando a los elegidos, que, cautelosamente atados, son obligados a subir a unos camiones que les esperaban en la Plaza de Santa María… Pero démosle la palabra al Rvdo. Don José Antonio del Río Alados, compañero en aquella prisión:
“Los camiones, fuertemente escoltados, se deslizan por la carretera de Granada. ¿Cuál es su dirección? (…) Enfilan la carretera de Mancha Real… ¡Cuánto debió sufrir el virtuoso arcipreste al encontrarse tan cerca de sus amados feligreses!... Don Francisco no se entrega a estériles sentimentalismo, pues sabe que tiene una misión sagrada que cumplir: la de preparar y confortar a sus compañeros de suplicio para el trance supremo”.
El Arcipreste Solís gozó de bien merecida fama de orador sagrado; pero su peroración de aquella madrugada fue el canto del cisne. Del Río Alados pone en labios de Francisco Solís este párrafo: “Hermanos míos, no temáis, no. No tememos a los que matan el cuerpo y no pueden hacernos daño en el alma (…) Suspiremos más bien por la vida perdurable, que es la verdadera, y agradezcamos de todo corazón a Dios nuestro Señor el favor que nos otorga de predestinarnos, no solo a que creamos en Jesucristo, sino a que derramemos por Él toda nuestra sangre”.
Sea como fuera, la palabra ardiente del Párroco Solís, -y Alados la había escuchado horas y horas-, enardeció a sus compañeros de suplicio que, con él se arrancaron a cantar. En esto, todos los testimonios son concordes: Don Pedro Nieto, vigilante del cuerpo de prisiones, refería, días después, en la Catedral a Don José Antonio del Río Alados: “Cuando los llevaban al cementerio de Mancha Real, comenzó a predicar. Y ¡cómo pondría a los presos, que todos se pusieron a cantar!... ¡A cantar, Don José!... Esto no se ha visto nunca… ¡Pues sí, a cantar!... ¿Cómo les pondría la cabeza, Don José Antonio!.
Al pasar por la ermita de la Concepción frente al camino del cementerio cantaban “¡Sálvame, Virgen María!”, se ha comentado siempre en todos los ambientes.
Alados, en su citado trabajo, pone en bocas de aquellas víctimas el cántico “Ven Corazón Sagrado de nuestro Redentor, comience ya el reinado de tu divino amor”. La verdad es que, en los veinte kilómetros que se miden desde la Catedral de Jaén hasta el cementerio de Mancha Real pudieron entonar diversos cánticos piadosos.
Aquellos cánticos debieron poner nerviosos a los milicianos. Y cuenta del Río Alados, que alguno le dijo: “Sí, cantar, cantar…, si supierais lo que sus espera”… A lo que Don Francisco respondió: “¿Qué no lo sabemos?... Precisamente porque lo sabemos queremos confesar a Cristo, por última vez en la tierra…” Y dirigiéndose a los milicianos, continuó: “Nosotros estamos de enhorabuena, porque, a cambio de la vida que nos quitáis, recibiremos la vida eterna… Vosotros ¡qué lástima me inspiráis!... ¡Si conocierais lo equivocado de vuestro camino! (…) Porque, sabedlo bien, se acerca el día, yo os lo aseguro, en que sentiréis los mayores remordimientos por la enormidad del crimen que vais a cometer, y desearíais no haberlo cometido. Ese día, sigue diciéndoles-, acordaos de que los que van a morir a vuestras manos no os guardan rencor al expirar y honrad, siquiera ese día, nuestra memoria pidiendo perdón a Cristo Crucificado”.
Aquella noche, -la del 3 al 4 de abril de 1937-, no hubo en Mancha Real alumbrado eléctrico. Dos hombres, menudito y ya entrado en años, uno; alto, robusto y pletórico de juventud, el otro, atravesaban temblorosos aquellas tinieblas, en busca de un nuevo refugio donde ocultarse. Eran Alberto, el de Ramón Clemente y su hijo Ramón, sacerdote.
Entraron por la carretera de Pegalajar y, para no atravesar por el centro del pueblo, hicieron un largo y cauteloso rodeo: Alameda de Las Pilas, Callejuelas Altas, Calle de los Carreros y Egido, -hoy parque-, para entrar, por Las Cañadas de las Ánimas, en la calle General Ferrer (“La Zambra”). Llegados, padre e hijo, al Egido, consideraron más segura la entonces espesa alameda para detenerse y asegurar sus pasos hacia su ya próximo refugio, en el número 17 de la calle La Zambra…
Y fue entonces cuando los faros de algún vehículo que ascendía por la Lonja, les obligaron a pegarse materialmente al tronco de algunos de aquellos viejos álamos. Y desde allí, contemplaron atónitos el paso de unos camiones, cuyos ocupantes, formando un estremecedor coro de voces graves, entonaban cánticos religiosos.
Al final de la alameda, los camiones doblaron en ángulo recto hacia la izquierda, y sus faros iluminaron las tapias del cementerio… Alberto y su hijo empezaron, horrorizados a entender el enigma de aquellos cánticos… Y unas largas descargas de armas de fuego disiparon cualquier duda.
Largas descargas de armas de fuego… “Ya se habían despachado a casi todos, -decía Don Pedro Nieto, vigilante en la prisión-catedral y don Francisco, de pie, seguía cantando o rezando… ¡o qué sé yo!...”
Desde primera hora, y por todas partes, circuló el rumor de que muertos ya todos los demás, nadie quería disparar sobre Don Francisco Solís. Al fin, alguno decidido, nervioso u obcecado, puso fin a la vida del Arcipreste.
Eran las primeras horas de aquel 4 de Abril, Domingo octava de la Resurrección del Señor, “Domingo in Albis”, día óptimo para engrosar la muchedumbre incontable de los que “vinieron de la gran tribulación, y lavaron y blanquearon sus túnicas en la Sangre del Cordero”.
¡Y en su propia sangre derramada por Él! (Confer. Apoc. 7)
Acabada la guerra civil, se procedió a exhumar los cadáveres de Don Francisco y sus numerosos compañeros de suplicio, a fin de darles definitiva sepultura en sus tumbas familiares.
Por razones de higiene, no se permitió que los cadáveres fuesen llevados a la parroquia, para celebrar el oficio de sepultura. Pero el clamor popular pedía una excepción para su párroco mártir. Y, en efecto, sus restos mortales, encerrados en sencillísimo ataúd y seguidos de una multitud incontable de hombres y mujeres, de todas las edades y condiciones, desfilaron desde el cementerio al templo parroquial, donde se cantó el oficio de sepultura. Acabado éste, el cortejo volvió al cementerio donde los restos del mártir recibieron sepultura, junto con los de su madre en la capilla parroquial, a la izquierda según se entra.
Yo invito hoy e interpelo a los más ancianos de mi pueblo a que me digan si vieron jamás en Mancha Real una manifestación de duelo más numerosa, más variopinta; que me diga, si vieron jamás un llanto silencioso y multitudinario como el de aquella tarde del sepelio de Don Francisco Solís.

A LOS CINCUENTA AÑOS…
Hemos oído ya esa pregunta: ¿Por qué se ha dejado pasar más de medio siglo sin escribir una página sobre este hombre de Dios?
No se puede decir que no se haya escrito nada sobre él. En este mismo trabajito se citan ampliamente algunos artículos, formados por un compañero suyo de prisión, y llenos de objetividad, de belleza y discreción.
Lo que sí es verdad es que nadie se atrevió a escribir una biografía sobre el Arcipreste Solís. Y eso que no faltaron personas muy cercanas a él, capacitadas y documentadas para haber escrito. Pero han muerto sin intentarlo.
¿Por qué no escribieron? ¿Por temor a la grandeza de su figura? ¡Desde luego que inspira un serio respeto y que no se logra darle alcance! ¿Temieron al españolísimo fenómeno de la politización de las cosas de la Iglesia, de los dichos y hechos de sus ministros?
Es cierto que comporta sus riesgos ese españolísimo vicio. Y hablo en presente porque el fenómeno sigue siendo de actualidad y hoy, no menos que ayer, se politizan y manipulan las cosas de la Iglesia y de los eclesiásticos en muchos medios de comunicación social.
Ciertamente en la postguerra se confeccionaron las llamadas listas de los caídos, que solamente relacionaban los muertos en la denominada “zona roja”. Y en dichas listas se indican los nombres de obispos, sacerdotes y religiosos muertos por ser tales, y auténticos mártires de Cristo. Se relacionaban también nombres de seglares muertos por su condición de directivos de Acción Católica o por otras relaciones notorias con la Iglesia de Jesucristo. ¡Mártires también! Otros de los incluidos en aquellas listas habrán muerto por notorias implicaciones sociopolíticas.
¿Se temía a extraer de aquellas relaciones de “Caídos por Dios y por España algunos nombres más sacros?... ¡Pudo ser!... El hecho es que, pasaron los años y tampoco los que íbamos madurando nos atrevimos a escribir. Confieso que yo sentí cariño y curiosidad por la figura de Don Francisco, y los recuerdos de mi niñez me hablaban mucho de él. Pero sinceramente, no pensé en escribir, hasta que hace más de dos años, el entonces Vicario General de la Diócesis, Don Félix Martínez me invitó a hacerlo. Tarea que emprendí y a la que me ha animado no poco el Ilmo, Sr. D. Jesús Moreno Lorente, actual Vicario General del Obispado.
Pienso, sin embargo, que lo que hoy escribimos sobre nuestro párroco mártir a los cincuenta años, está ya depurado por la Historia, que nos hace más objetivos, más desapasionados, más comprensivos.
Hoy la figura gigantesca del Arcipreste Solís se alza limpia sobre su tumba sin adherencias.
Él fue tan solo sacerdote. Sacerdote de Cristo cien por cien. Fue párroco de todos sus feligreses, saliendo con remedios eficaces, a favor de sus almas en todas circunstancias. Fue tiempo difíciles. “FUE HOMBRE DE DIOS” (1 Tim. 6, 11).

Santuario de Tíscar, Agosto 1991
Jaén, Navidad, 1992
Francisco Cavallé Cobo
Canónigo de la Santa Iglesia Catedral de Jaén.


Se han consultado:
Los archivos parroquiales de Marmolejo, Valdepeñas, Baños de la Encina, Santisteban del Puerto y San Juan Evangelista de Mancha Real.
Boletín Oficial Eclesiástico de la Diócesis: años 1855, y ss; años 1900, 1912 y 1913.
Sermón predicado en la Iglesia Parroquial de Mancha Real el día 9 de octubre de 1915, por el Prior Don Francisco Solís Pedrajas. Madrid Imprenta de Ramona Velasco, 1915
Revista “Paisaje”. Jaén. Números de noviembre de 1951 y abril de 1953. “Ilustrísimos Señores” de Albino Luciani BAC. Obras completas de San Juan de la Cruz BAC.
La apostasía de las masas. J. Ordóñez Márquez. Madrid, 1968."



1 comentario:

Anónimo dijo...

impresinante, se me han saltado las lágrimas, he conocido a este sacerdote por lo relatado y me parece digno y un hombre bueno de Dios

No tememos a los que matan el cuerpo y no pueden hacernos daño en el alma (…)