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01 octubre 2010




CASTILLO DE GIBRALFARO. MÁLAGA

El topónimo proviene de un vocablo árabe “Yabal” (Monte) y otro derivado del griego “Faruh” (Faro), que determina que desde época fenicio-púnica, se utilizara como atalaya costera.

Gibralfaro es un monte de 142 metros de altitud, situado en la ciudad de Málaga, en torno al cual los fenicios fundaron la ciudad. A principios del siglo XIV, Yusuf I rey de Granada construyó en su cima el castillo homónimo, sobre un antiguo recinto fenicio que también contenía un faro, de donde proviene el nombre del cerro (Jbel-Faro, o roca del faro).

El monte se encuentra cubierto por un espeso bosque de pinos y eucaliptos. En su falda, se encuentran los edificios históricos del Seminario y la Alcazaba y los Jardines de Puerta Oscura.

La fortificación incorpora todas las novedades defensivas que fueron adoptadas en Al Ándalus con la gran torre Albarrana, el perímetro de muralla adaptado al terreno a través de paños zigzagueantes y la puerta con entrada en recodo, para mayor protección.

Hay que destacar la Barbacana defensiva, que rodea toda la fortaleza y que se abre para formar la Coracha, camino amurallado que desciende para unirlo con la Alcazaba y cuya original construcción en zig-zag permite evitar la construcción de costosa torres albarranas.

Se sabe por las fuentes, que en el interior tuvo mezquita, convertida en iglesia cristiana que perdió su uso debido a la utilización como recinto castrense hasta 1925.

Destacan aun el Pozo Airón, árabe de más de 40 metros escavado en la roca, varios pozos-aljibes, dos hornos de pan, garitas de la época  militar y el edificio del antiguo polvorín convertido en Centro de Interpretación.

El castillo fue objeto de un fuerte asedio por parte de los Reyes Católicos durante todo el verano de 1487. Tras el asedio, Fernando el Católico lo tomó como residencia, mientras que Isabel I de Castilla optó por vivir en la ciudad.

Se construyó para albergar a las tropas y proteger la Alcazaba, debido al uso generalizado de la artillería.

He sentido nostalgia al visitar Gibralfaro, lo hice al final de los cincuenta, cuando conocí el mar por primera  vez, con mis tíos José Manuel y Carmela. Recuerdo que sentados en la terraza del Parador, con una vista impresionante de la ciudad, en días de buena visibilidad se pueden ver algunos montes de la cordillera del Rif en África y el Estrecho de Gibraltar, la Plaza de Toros “La Malagueta” a los pies, los jardines, los edificios, y el mar, me compraron una pluma estilográfica Parker, autentica,  con el capuchón y el plumín de “oro” decía el vendedor. A los pocos días, con el menor roce había perdido el oro. Pero se lo agradecí eternamente y la guarde como una reliquia.

Las vistas, los adarves, las jardines interiores, el árbol de la pimienta, que todos manoseábamos, para sentir su olor, las torres, me trasladaron a otras épocas.

En el  antiguo polvorín del castillo hay una exposición que repasa elementos de la vida cotidiana  Como guarnición militar y vigía costero desde 1487, fecha de la incorporación de Málaga a la Corona de Castilla, hasta 1925 en que un Real Decreto de Alfonso XIII lo cede a la ciudad para uso de la población. Durante esos 438 años el castillo fue instalación militar. Por medio de planos, armas, uniformes y objetos de la vida cotidiana (las barajas de naipes fueron muy utilizadas en los cuarteles), se refleja la evolución de la guarnición, ligada a la población.

Varios maniquíes de  soldados con los ropajes típicos de cada época; en el siglo XVI el Alabardero; en el XVII, el Arcabucero; en el XVIII, un soldado del Regimiento Fixo de Málaga; en el XIX, un oficial de la infantería Reding nº 3 y en siglo XX, un soldado de Línea Borbón 17. También incluye una maqueta de la ciudad con algunos edificios de la época actual rodeados por la muralla que rodeaba Málaga antiguamente, planos, objetos diversos de la época y documentos, barajas, sellos, armas, en fin para darse una ligera idea de esas épocas, sencillo, pero bien hecho y con gusto.

Se ve en el puerto había gran actividad, pues se dibujaban  en los muelles hasta 4 trasatlánticos, que inundarían la ciudad de turista. Al bajar a la ciudad, los bares y los restaurantes estaban llenos, hacía calor y la cervecita con los boquerones de la tierra o las coquinas, o la “Concha fina” se dejaban comer.
DMC



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